Las gentes de por allá todavía cuentan que, hace muchos años, un campesino de uno de aquellos pueblos cerca de Triollo, se dirigía a su casa, en un carro tirado por bueyes; le acompañaba su hijo, pequeño. Había nevado intensamente, y cada vez nevaba más; hasta que tuvo que detener la carreta, imposibilitada de continuar por el camino. Dejo entonces a su hijo en el carro, y colocó a los bueyes de manera que protegiesen del frío al niño, con su aliento, y se marchó a buscar auxilio.
La nieve había hecho desaparecer todos los senderos, y el campesino se perdió. Pronto se encontró a la vera misma del Lago de Curavacas; el campesino, fatigado, agobiado, abrumado, se sentó a descansar junto a las aguas heladas del lago. Pero he aquí que inesperadamente, las aguas, rompiendo el hielo, se encresparon furiosamente, y de su hondura salieron unos rugidos estremecedores; eran producidos -según la leyenda- por el alma de un hombre que tiempos atrás había muerto en el lago, ahogado, en pecado mortal, y estaba atormentado por el demonio en forma de asquerosa serpiente.
El campesino, aterrorizado, prometió a San Lorenzo 10 libras de cera, si por su intercesión, salía con vida del horrible trance.
...Y así fue; las aguas se calmaron, y el campesino volvió en busca de la carreta; cesó de nevar; y cuando el campesino quiso darse cuenta, estaba en su pueblo, donde, a la puerta del hogar, acababa de llegar la carreta, tirada por los bueyes, y con el niño dentro, salvado y sonriente.
Preguntado el niño, dijo a su padre que un hombre (¿tal vez San Lorenzo?) unció los bueyes y les encaminó al pueblo, y encomendó al niño dijese a los vecinos de la localidad que cada temporada den a los de Cardaño de Abajo 10 libras de cera.